Mostrando entradas con la etiqueta Ediciones Vitruvio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ediciones Vitruvio. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de octubre de 2013

La hora al fin de Javier Magano

Me hablaron el curso pasado de Javier Magano y tenía buena curiosidad de leerlo, coincidí con él en el Homenaje a Luis Cernuda que hizo Ediciones Vitruvio hace unos meses y creo que también le vi en los fastos del Día del Libro en la legendaria Fuentetaja, que por cierto, ha vuelto a cerrar y se une a este drama cotidiano nuestro, tiendas cerradas, personas en paro, miseria de camino, en fin, no voy a volver a lo mismo...

 La sala llena en la presentación de La hora del lobo, de Javier Magano

           Lo cierto es que Javier Magano presentó ayer su primer libro, La hora del lobo, en la cripta cada vez más sagrada del Comercial, lo que Pablo Méndez llama insistentemente El Rincón de don Antonio y que tiene ya una larga lista de poetas que han cantado allí sus versos.
            La presentación corrió a cargo de Pablo Jiménez, poeta de densa e importante trayectoria que hizo una semblanza del autor y del libro elogiosa, contenida y sincera. Después el poeta leyó sus versos no ajeno a la emoción que toda primera gran cita impone pero con claridad, a ritmo suave y muy dentro de una voz con certeza y empuje. La hora del lobo es un libro brillante, su coqueteo con el culturalismo es una realidad pero no está tratado desde una posición antigua, hay modernización en los personajes que ya llenaron páginas en la poesía española, especialmente en poetas surgidos en los años setenta. La posición de Magano es más vertical, y en su poesía, donde no cae nunca la figura de Shakespeare también hay momentos de exaltación amorosa o de contemplación del paisaje frente a la decadencia de nuestra propia vida.

Pablo Jiménez, Javier Magano y Pablo Méndez

            La sala estaba llena y la compañía de escritores y poetas conocidos también fue nutrida, me gustó ver a Juan Carlos Rodríguez Búrdalo: interesante poeta extremeño del que leí hace años su gran libro De piel y humo, Eduardo Merino, José Parra Moreno, Hilario Martínez Nebreda, Raúl Nieto de la Torre...

            La poesía se convirtió en un lugar extraño y maravilloso, las referencias literarias de Javier Magano se crecieron en el ambiente de la tarde y muchos supimos que estábamos ante un escritor que escribirá páginas buenas, de momento empieza con un buen paso, certero. 


                                                                                                                             Nieves González

miércoles, 17 de abril de 2013

Homenaje a Luis Cernuda en El Comercial

    Como ya adelanté en su día, el pasado 22 de marzo con motivo de la publicación por Ediciones Vitruvio de la última edición de La realidad y el deseo de Luis Cernuda se congregó en el Café Comercial una multitud poetas y admiradores para recordarle.
 
 
Ana Ares, una de las primeras participantes
 
    Se trata de la obra en la que el artista, ligado tradicionalmente a la Generación del 27, fue agrupando su corpus poético. Ya, cuando se publicó por primera vez en 1936, Federico García Lorca dijo en el homenaje que se hizo para tal ocasión que «La realidad y el deseo me ha vencido con su perfección sin mácula, con su amorosa agonía encadenada, con su ira y sus piedras de sombra.» En ella encontramos poemas de soledad, de nostalgia por los momentos de la niñez, de belleza idealizada, de amor entendido como algo grandioso, de amor visto como un sentimiento martirizante, de anhelo de juventud eterna, de naturaleza paradisiaca.
 
 
Pablo Méndez reconoció que llevaba años soñando esta edición
 
 
El gran novelista y poeta Ramón Hernández, siempre genial
 
    Pablo Méndez reconoció que este es uno de los libros que siempre había querido editar: “Siempre lo he tenido entre ceja y ceja, y ha costado tres o cuatro años de trabajar de rato libre en rato libre. Ha sido difícil, pero estoy muy contento con el resultado, porque es la edición más cómoda y cuidada que hay ahora mismo en el mercado.” Además, una particularidad de esta edición es que al final salen todos los poetas de la editorial, “salvo las nuevas adquisiciones, que no les ha dado tiempo a salir”, añadió. Sobre esto, Eduardo Merino exclamó en cuanto tuvo oportunidad: “¡Qué suerte tenemos que gracias a Pablo podemos aparecer en un catálogo junto a este fenómeno!
 
 
David Morello lee un poema de Cernuda
 
    Seguidamente, cada poeta de los allí reunidos tuvo la oportunidad de dedicar unas palabras a la memoria de Luis Cernuda y de recitar uno de sus poemas. Paco Moral lo describió como “uno de los grandes libros de uno los mejores autores de siempre de lengua castellana, pero con un defecto: coincidir con la gran generación del 27 con Lorca y Alberti, y tres pecados: ser antifascista, homosexual y poeta”. Javier García Magano, por su parte, declaró que admiraba su coraje vital. César Cortijo, en cambio, admitió que “no ha sido uno de mis poetas favoritos hasta hace poco, cinco o seis años” y subrayó que de las tres vertientes de la poesía cernudiana, a saber, romántica, melancólica y política, esta última era la que más le interesaba. A parte de los escritores mencionados, también intervinieron Alberto Infante, Fernando López Guisado, Ana Ares, Hilario Martínez Nebreda, Ángel Rodríguez Abad, Ramón Hernández, María José Pérez Grange, Raúl Nieto de la Torre, Antolín Amador, Lola de la Serna, Jesús Ayet, Alfredo Gómez Gil, José Luis Torrego, David Morello, Javier Cristóbal, Miguel Velayos, Aurora Auñón, María de la O Guillén, Miguel Cuerdo Mir, Pablo Jiménez, Antonio Daganzo, Alfonso Berrocal,  y Mercedes Rodríguez de la Torre.
 
    Los libros vendidos ese día corrieron la fortuna de llevar estampada la firma de su autor Luis Cernuda, gracias a un sello de caucho fabricado a tal efecto, que tras finalizar el acto fue destruido.
 
    Me despido invitándoos a redescubrir a este genio de nuestra literatura, compartiendo con vosotros el poema IV del capítulo “Donde habite el olvido”.
 

Yo fui.

Columna ardiente, luna de primavera,
mar dorado, ojos grandes.
Busqué lo que pensaba;
pensé, como al amanecer en sueño lánguido,
lo que pinta el deseo en días adolescentes.
Canté, subí,
fui luz un día
arrastrado en la llama.

Como un golpe de viento
que deshace la sombra,
caí en lo negro,
en el mundo insaciable.
He sido.

 

            Hasta pronto.

Helena Suárez



martes, 16 de abril de 2013

Fría luz de Mallorca


  Después de este paréntesis ocasionado por la Semana Santa y la Pascua que nos ha valido para descansar y retomar fuerzas, vuelvo para contaros algunos eventos que ocurrieron antes de las vacaciones, pero por su trascendencia en el mundo de la poesía no han de caer tan pronto en el olvido. El primero, al que dedicaré esta entrada, es la presentación del Premio Café Comercial La luz y el frío de Joan Payeras, el segundo, la salida al mercado de una nueva edición de La realidad y el deseo de Luis Cernuda, que comentaré próximamente.
   En efecto, el pasado 15 de marzo tuvimos la oportunidad de conocer por primera vez el poemario vencedor del concurso que convocaron Ediciones Vitruvio y el Café Comercial el pasado año y cuyo fallo tuvo lugar el 14 de diciembre. Pablo Méndez abrió el acto, hablándonos del certamen: nos contó que fue una experiencia muy bonita, que tuvo tal éxito que el sótano del Café estaba abarrotado, pero que “lo más bonito fue cuando fallamos el premio, porque el libro ganador es maravilloso”. Terminó su intervención agradeciendo al autor, Joan Payeras, que viniera desde Palma de Mallorca, de donde es natural, y exclamó amigablemente, “¡a ver si se anima a venirse a vivir a Madrid!”, insinuando que hacía falta una voz como la suya en la Capital.
 
  Fernando Vera, por parte del Café Comercial, aseguró que “el Premio había sido generado por la idea de Pablo”, se mostró contento con que esa sala donde se celebraba estuviera dedicada a los poetas, y confesó que “dentro del Café es como un oasis”. Del mismo modo, como representante del sponsor Café Novell, David señaló lo vinculados que están la cultura y el café, puesto que en numerosas ocasiones una taza de esta bebida “va de la mano de la inspiración”.
 
 
Rafael Soler, Joan Payeras, Pablo Méndez, Fernando Vera, Andrés Jiménez y Raúl Nieto de la Torre
 
   «Qué inventará la noche, / ahora que la luz es amarrarse a ti…» A Rafael Soler, integrante del jurado, le bastó citar estos dos versos de Joan Payeras para justificar ampliamente el resultado de las votaciones. Por el contrario, Raúl Nieto de la Torre, presidente del jurado, nos facilitó más detalles: “Este libro me cautivó desde el primer momento y lo sentí muy mío, porque toca algo muy personal”. Ciertamente describió los poemas apuntando que “no se andan con rodeos” y además que “parecen querer cobijarse en el lector, y allí dentro seguir viviendo”. Tal es así que “algunos poemas seguían dándome vueltas en la cabeza, como una melodía pegadiza”, confesó. En relación a su contenido, advirtió la alusión constante al silencio, pero de igual forma “si no hubiera nada, no habría sitio para la escritura”. Entonces se aventuró a imaginar que “Joan era de los que levantaba piedras en el campo”, debido a que, a su modo de ver, “más tarde levanta piedras mucho más peligrosas”, refiriéndose a su poema “Aquí, ahora”, que comienza: «Alguien se suicida y te sientes ofendido. ¿Qué creía saber él que tú no sepas?...». “Me llamó la atención cómo podía llegar a ser él mismo en cuanto a personalidad poética desde muchas voces”, afirmó. También mencionó la cita de San Juan de la Cruz que abre el poemario, a saber, «Para venir a lo que no sabes, / has de ir por donde no sabes. / Para venir a lo que no eres, / has de ir por donde no eres» y observó que “necesariamente tenemos que perdernos para encontrar el camino, y es cuando pasan cosas interesantes”. Para terminar, advirtió que evoca repetidamente lo escondido y, en general, lo oculto: “Nos entrega generosamente un montón de lugares desconocidos”, concluyó.
 
 
  Por fin llegó el turno de que Joan Payeras diera a conocer al público asistente –entre el que se hallaban reputados poetas– ese libro suyo que se alzó victorioso de entre más de doscientos ejemplares: “Hoy es un día en que tengo que agradecer muchas cosas a mucha gente, entre ellas, el haber elegido mi libro y haberlo leído con tan buenos ojos”. Por su parte, reconoció que frecuentemente cuando echaba la vista atrás a lo que había escrito, siempre le parecía que le sobraban cosas, pero que con La luz y el frío le había ocurrido menos que en las anteriores ocasiones. “Yo escribo cuando tengo un tema y un tono que aparecen como una sola cosa” y, en este caso, “el tema mayoritario es el paso del tiempo, la memoria como asidero para luchar contra este, y la pérdida”. Sin embargo, aunque opina que posiblemente sea el más serio de los poemarios que ha escrito, no quiere que se lea en clave pesimista, porque “esa visión nostálgica hacia el tiempo que pasa no se debe sino al inmenso amor que se tiene por la vida”. También justificó la búsqueda expresada en la cita de S. Juan de la Cruz en que “escribo para saber de mí mismo, de los que me rodean, para saber de lo que pasa”. Después pudimos escuchar de viva voz los poemas “Ideal” –al que considera una declaración de intenciones–, “Teseo”, “Veintiséis de diciembre”, “La caricia”, “Tarde de enero”, “Last track” y “Relatividad”. Como bis, Pablo Méndez le solicitó “Lector junto al cauce”.
 
 
Joan Payeras, autor de La luz y el frío
 
  Como prueba de la poesía minimalista y depurada, a la par que enérgica y rotunda, de este autor que el Premio de Poesía Café Comercial me ha descubierto, os presento:
 
  Acto de fe


  Tu mano entre mis manos,
  mientras  tras las paredes
  la ciudad es silencio y frío,
  lejos de esta ilusión,
  de esta victoria, de este engaño.
  De esta última posibilidad
  desesperada
  de parar el tiempo.

 Espero que la disfrutéis.
Antes de dejaros os anuncio que ya se está gestando la nueva edición de este Premio de Poesía, así que animo a que los que se vean capacitados para ello a que vayan preparando sus manuscritos, porque en este país se necesitan más voces tan fuertes e intensas como la de Joan Payeras.

Hasta pronto.

Helena Suárez


domingo, 31 de marzo de 2013

Lo que lluviosa la noche quiso contar


            La última presentación a la que asistí tuvo lugar en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, situada en la calle Leganitos nº 10 y fundada en 1871. Fue el pasado jueves 7 de mayo, -día lluvioso donde los haya- y se trataba del último poemario de la escritora María Juristo, es decir, Cuanto dijo la noche.

            Como introducción, Pablo Méndez contó una anécdota que le sucedió con el presentador José López Martínez: “Un día, que llovía como hoy, le tuve que obligar a llevarse un paraguas cuando salía de la editorial, porque no quería y en ese momento tampoco llovía demasiado; hizo bien en hacerme caso, porque en cuanto salió del portal calló una tromba de agua. Fue él quien me presentó a María Juristo, una autora con una voz distinta, original, que escribe una poesía no fácil, pero sí muy honda,” señaló.

A su vez, López Martínez dijo sobre la poeta que gozaba de “una madurez asentada sobre sus propias vivencias pues, como expresa Goethe, «la vida tiene siempre recodos imprevisibles»” que, por supuesto, influyen en la poesía de Juristo. También nos anunció que veía en su literatura un “fortalecimiento creativo desde su novela Las falsas lágrimas de la Gioconda” y que “Cuanto Dijo la Noche, dividido en cinco partes complementarias y abarcadoras, es otra presencia apasionada de María Juristo, sin temor y con valentía”. Con este título “la autora nos sitúa en el punto exacto de su poesía, el momento de la noche” -durante el cual parece haber compuesto-, nos presenta periodos de “cansancio y búsqueda, va acumulando decepciones, dolor,” y describe aquello que normalmente “nadie escucha en la oscuridad: la rueda del tiempo y de la vida”, pues “cuando uno lee sus páginas asiste a una realidad poética nutrida con la reflexión y con la libertad”. En efecto, “el texto literario tiene su código y una grandeza que aleja de la mediocridad habitual en la vida diaria”, advirtió.

            A pesar de esto, el periodista observó que “la presencia de un libro, por muy cuidada que sea, debe ser objeto de crítica literaria”; no obstante, consideró mejor dejarla para otro momento, de un lado, porque una presentación “es un acto social”, y no es el lugar apropiado para esa tarea y, de otro, porque “quien realmente conoce el alcance del libro es el propio autor, y lo de los demás son solo aproximaciones”. Finalmente aseguró que “María Juristo siempre nos va a tener en vilo, tanto si se trata de un libro de poemas, como una novela o una canción”, porque “por los escondidos rincones de su cerebro duermen los hijos de su fantasía”, esperando a ser despertados ya sea en papel o en una partitura.

A continuación, Jesús Jiménez Reinaldo, profesor y también poeta, antes de comentar lo más sobresaliente de la obra de Juristo, compartió con los asistentes el hecho de que “cuando coincidía con María en alguna presentación, me recordaba que habíamos publicado en una editorial común”. Se refería a la editorial Devenir, donde ambos divulgaron sendos poemarios, a saber, La mística del fracaso uno, Descifrando la nada la otra. Posteriormente nos enumeró los grandes temas que, consideraba, había en Cuanto Dijo la noche: “el paso del tiempo, la muerte, el ser amado, la pervivencia de las palabras”, a través de ellos presenta una “mirada desgarrada hacia la voz del mundo”. Además, advirtió que las secciones que lo dividen llevan por título “un sintagma preposicional con «de»”, por lo que “son un tema de aproximación”; y destacó algunos de los poemas, como “En mis tres muertes”, que consideró el más significativo de la primera parte llamada Del sudor de la misericordia; en la segunda parte Del amor que me captura descifró una “voz poética haciendo referencia a un tú” con el que compartió un ayer, y alguna referencia al bíblico Cantar de los cantares; distinguió especialmente los poemas “Vasija de barro”, por su belleza, y “Venecia”, por su indagación del significado de la existencia. Este es rasgo un característico de los versos de María Juristo, a los que llega el ejercicio metafísico de la meta-literatura, fundamentalmente presente en Del alba oscura, la tercera parte. Algunas referencias a la Guerra Civil encontramos en De Pecios, la cuarta parte y en la quinta, Del mar y los vientos, utiliza estos elementos “herederos de la tradición cristiana y de los clásicos, como toda una alegoría de un anhelo infinito”. En definitiva, en palabras de Jiménez Reinaldo, “la poesía de María Juristo, atemporal la mayoría de las veces, se presenta para hablar de la condición humana mediante unos versos descarnados a la par que hermosos”.

Entonces, José López Martínez dio paso a la intervención de la autora que, en primer lugar, dio las gracias por haber comparecido “esta tan tarde desapacible” entre otros a los “compañeros que entienden mi poesía y me han acompañado en estos momentos literariamente difíciles”; en efecto, allí se encontraban grandes poetas como Emilio Porta, Lola de la Serna e Hilario Martínez Nebreda. Un colaborador suyo leyó unas “palabras previas” escritas por ella y el poema “En el sudor de la misericordia”. Después María Juristo recitó “Cuando un suave resplandor”, “Pasos”, “De forma imprevista”, “Dies Irae, Dies Illa” (dedicado a Ángeles Yagüe, que murió en su casa en un incendio; según nos contó la escritora, tenía un problema físico que le impedía andar con normalidad), “Tú, el invisible”, “Pasaron los años”, “Venecia”, “Vasija de barro”, “Empápame”, “Trébol de Haykus”, “Dirás”, “Empozado dolor”(del cual nos contó, a pesar de que no le gusta explicar los poemas y de que cree que no se deberían explicar nunca, que habla de un dolor muy fuerte que sufrió), “Habito el espacio”, “Moldeé el fuego”, “Se agachó mi boca”, “Sólo en la luz”, “Estupor”, “Quisiera ser”, “Tahona, barras de tahona”, “De gris”, “Trombas” (esta parte del libro «Del Mar y de los vientos» tiene que ver con su primer contacto con el mar Atlántico que, en palabras de la autora, “es un océano, un abismo, experiencia que quise retratar”), “De profundis clamabit” (un canto de misericordia y amor a las gentes de las pateras) “Vagabundo”,  Paso mi lengua”, “La pulpa del agua” y, por último,  a modo de canción andaluza, “La Mar estaba sola”.

Tras haber finalizado su parte, José López Martínez, que actuaba en esta ocasión como moderador, afirmó fascinado: “¡Qué bien lee sus poemas María Juristo! Después de escucharla recitar nos parece el libro mucho mejor”, y para clausurar el acto nos refirió una anécdota acerca del último libro que presentó Luis Rosales en el Círculo de Bellas Artes: “un crítico del ABC hizo el comentario y cuando terminó, el autor le dijo: ʺno tuve en cuenta nada de lo que has dicho, pese a que has hecho un trabajo admirableʺ. Esperemos que María Juristo no haya pensado lo mismo a cerca de los nuestros”.

Os dejo este poema de muestra.
 
María Juristo



Conjuro

  
No pude hacerme invisible
en el rincón de las sombras
para amarte tras el pórtico
de tu corazón violeta
sin que supieras de mí.

Ni albergar este secreto
en algún cubil del tiempo,
o en la inverniza neblina
que se desnuda en el mar.

No pude ser de tu luz,
la prohibición hecha fruto
que una insolente varita
descubriese tras el velo
de los dioses peregrinos
cuando en copas enjoyadas
absorbían la ambrosía ardiente
de los astros.

Mi piel,
del color de la quimera,
no lograba disfrazarse,
ser la túnica embozada
que protegiese del mundo
mi pasión amanecida.
Ni que advirtieras
que a solas,
eras, en mis penumbras,
el tumulto de la noche
cabalgando en mi deseo.

Más hoy,
sé de un conjuro tallado
sobre la gema del lirio.
Yo, milenaria en voces
a orilla de las montañas,
invoqué a la luz
debajo de los secretos
y oí el rumor
de los jacintos.

Preguntó por mí
a los hombres que adivinan
antes de salir el sol
para irradiarme toda
y fui a su encuentro
en el fondo de un espejo
que me amaba.

Canté un solo traspasado
por exhalaciones puras,
rocé la cúpula sacra
sin que mi boca sangrase
junto a las ángeles ciegos,
pinté la tuya
lamiendo mi piel
aprendiz en la tiniebla.

Y así acaeció el prodigio:
La luz, en mí,
tomó mi cuerpo umbrío,
me hizo suelo, muro
espacio duplicado.
Me hizo tu sombra.

 
¡Qué paséis una buena Semana Santa! Hasta pronto.

Helena Suárez

 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Descampado en el alma


Cuando uno pasea sus ojos por la portada del libro Sonetos del descampado se extraña y al mismo tiempo se siente atraído por esa imagen. La misma palabra descampado tiene ciertos tintes negativos: uno piensa en un lugar de tierra de nadie,  dejado de la mano de Dios, abandonado y olvidado por el mundo. Sin embargo, el hecho de dedicarle casi sesenta sonetos supone toda una reivindicación de su significado, de su papel dentro de la vida urbana –o suburbana–, de su belleza.  Quizás lo que más llame la atención es que precisamente la forma elegida para expresar esto sea un tipo de composición poética con tanta raigambre en la literatura española como el soneto, mientras que la noción de descampado parece más reciente, colateral con el crecimiento acelerado de las ciudades, pero ¿por qué no? Modesto González Lucas, rompiéndonos los esquemas, nos ofrece un enfoque nuevo sobre el tema y nos demuestra que existen distintas formas de contemplar la realidad que nos circunda y nos invita a mirarla con otros ojos.
 
(Antonio Gómez Ramos, Modesto González Lucas y Pablo Méndez)

A la presentación acudieron, entre otros, los poetas José Luis Nieto y Miguel Cuerdo Mir, y en ella se plantearon diversas cuestiones acerca de este poemario que no deja a nadie indiferente. Pablo Méndez admitió que fue para él un hallazgo: “Lo mejor de mi trabajo es descubrir autores cuya obra no conocía pero que, por otro lado, me encantan”, además compartió su predilección por este tipo de verso: “Uno de los sueños de mi vida es publicar un libro de sonetos, pero es muy difícil”.

En esta ocasión el encargado de presentar el libro fue Antonio Gómez Ramos, profesor titular de la Universidad Carlos III de Madrid. Ciertamente era algo novedoso que no desempeñara esa función un poeta, aunque escuchar la perspectiva de un filósofo resultara sumamente interesante. Nos puso al corriente de esta curiosa circunstancia: “El año pasado Modesto se me acercó después de una clase en la Universidad de Mayores de la Carlos III y me dijo que tenía un libro de poemas, que si lo quería leer y escribir un prólogo. Un profesor siempre se vanagloria de que un alumno publique un libro, pero no es el caso, porque él ya escribía.” Sin embargo, confesó que al leer el título le embargó el escepticismo, porque “descampado es una palabra rara; tiene ese prefijo «des-» que indica negación: ni civilización, ni naturaleza. Es un estar en medio de nada”. A pesar de ello le parecía una idea atractiva: “se debería hacer una filosofía del descampado” afirmó. En ese sentido adujo la célebre sentencia de Nietzsche, que luego retomó Heidegger, «El desierto crece», refiriéndose al incremento del nihilismo en la sociedad, pero también cabe entenderse como un lugar salvaje, no civilizado; como un lugar vacío que aguarda a ser llenado o, sobre todo, un lugar en el que, por su sequedad y temperaturas extremas, solo una clase muy resistente de fauna y vegetación puede sobrevivir. “Lo que crece y no debe crecer nunca es el descampado” resolvió García Ramos. También nos recordó que María Zambrano decía que el Madrid del siglo XIX reflejado en algunas obras de Galdós era «una ciudad plantada en el desierto» y consideró que en cierta manera esa sensación sigue vigente, pues parece que está “en medio de ninguna parte, lejos de todo lo realmente importante”, como declara asimismo en el prólogo. Por ello, pensó en “expresar en un libro de poesía algo que me había preocupado siempre: esa profusión de descampados en las ciudades.”

Sin embargo, también tienen aspectos positivos: por “muy feo que sea para nosotros, a veces es el único contacto que se tiene con la naturaleza. Por poco bonito, también a veces da para pasear...” Desde luego, cumple una función dentro de las urbes que hace que, frente a “los poetas que cantan al mar y los montes, Modesto, que conoce la zona sur de Madrid, cante al descampado”. Pero que la forma elegida para ese canto sea el soneto, como a todos, le resultó “chocante, sobre todo para hablar de algo tan rudo; parece que armonizan más versos quebrados, porque tienen cierta dureza”. Pero el poeta afincado en Leganés demuestra que “el descampado puede tener cierta sensibilidad. También en el descampado avanzan el día, los meses, las estaciones” y, con esta excusa, hace “reflexiones sobre la existencia, el sentido del hombre”. Además, como objeto de su poesía igualmente sitúa a las lomas de la zona, y ahí exhibe “una forma muy bonita de entender las ondulaciones del paisaje, con mucha suavidad.” Pero bajo todos estos versos que nos hablan de luz, de color, de tiempo, de horizonte, también cabe una interpretación política, como manifestó el filósofo: “es un libro de rebelión política; está poniendo al descubierto que van a dejar España hecha un descampado en cuanto a sanidad, educación... como resultado de manipulaciones políticas que no son las mejores. Nos dice en qué sociedad estamos, y qué podemos hacer con ella. No son solo sonetos”, concluyó.
 
(Numeroso público en la presentación de Sonetos del descampado)
 
          Después de tan distintas y variopintas visiones sobre su libro, Modesto González Lucas nos contó de dónde surgió la idea: “En los años 80 escribí en un artículo que Leganés era un descampado y el alcalde se enfadó mucho.” Es decir, que el proyecto del poemario no es reciente, “desde el año 88 llevo escribiéndolos, afinándolos; pero desde entonces el descampado ya casi no existe: hay autovías, centros comerciales, urbanizaciones…” Entonces uno podría dudar de la actualidad del tema, pero el autor sentencia: “eso que antes era un lugar geográfico, ahora está dentro de nosotros”, dando por buenas las observaciones filosóficas que había hecho anteriormente su profesor.

En cuanto a Heidegger, filósofo mencionado anteriormente, declaró no estar de acuerdo con el planteamiento según el cual la existencia auténtica radica en la aceptación de la propia finitud y en la consciencia de que vivir es un camino irremediable hacia la muerte, frente a la existencia inauténtica, en la que uno intenta huir de estas realidades; y afirmó que “lo auténtico no es lo importante, sino lo inauténtico, por lo que tenemos que luchar cada día, tanto en poesía como en política” dando a entender que esa supuesta existencia auténtica de Heidegger equivalía prácticamente a tirar la toalla. “La solución está ahí”, aseveró sacudiéndose todo el pesimismo habido en la filosofía de este autor, pero esta salida –vital, incluso política– no puede tener cabida sin la poesía: “sin ella no seríamos nada, porque nos convierte en algo especial”, nos exhorta a mantenernos despiertos ante lo que sucede dentro y fuera de nosotros.

En el acto, como novedad, fueron los actores Juan Gea y Alberto Closas hijo, amigos del autor, los responsables de la recitación: “nosotros sabemos interpretar un texto, pero leerlo, no tanto”, así que prometieron hacer lo que pudieran; aunque realmente fue un placer escuchar los poemas del autor “Fe de vida”, “La Alambrada del rechazo”, “Anita”, “Lomos de Alcorcón”, “Barrio de San Nicasio”, “Soneto de amor” y “Soneto imperfecto para Pedro Cordero” en boca de estos improvisados rapsodas.

Ante la petición de que fuera el propio poeta el que recitara el último soneto, Modesto González Lucas eligió el que lleva por título “Ángel Olea Tenorio”: “se lo dedico a mi sobrino, porque relata la muerte de su padre”, manifestando a su vez que del libro era uno de los últimos que había escrito:



La dulce plenitud del mediodía
brillaba en la ventana. Silenciosa,
la muerte de morado y rosa
te amansó el corazón en tu agonía.
Un velo de impotencia descendía
por las paredes, agria nebulosa
trasmutada en doliente mariposa
con las alas color melancolía.

Te quedaste en silencio. Sin un grito.
Abierto al paraíso. Apaciguado.
Destilando ternura en los rincones.
La muerte es el final, el infinito,
un horizonte abierto al decampado
en la rueda de nuestros corazones.

 
(Descampado actual en Leganés)
 

            Con este poema me despido, hasta pronto.

Helena Suárez

 

miércoles, 6 de febrero de 2013

¿Otra poética tarde de viernes?


Odio acudir a las presentaciones sin haber leído antes el poemario que se va a recitar. Sé que así también tiene su encanto, pero prefiero crearme expectativas, tener cierta idea de lo que voy a encontrar. Esta vez no pude hacerme a tiempo con un ejemplar de Otra maldita tarde de domingo de Néstor Villazón, así que llegué el viernes al Café Comercial con un gran interrogante que desvelar.
            Los presentadores del acto no pudieron hablar mejor del libro. Pablo Méndez afirmó que “le había parecido especial desde el principio” y apuntó a la tradición de libreros-poetas, como Luis Cernuda y el propio Villazón, que está adquiriendo terreno frente a la ya dilatada de editores-poetas. El escritor Iñaki Echarte Vidarte compartió con el auditorio la intriga que le planteó Villazón cuando le conoció: “¿Quién será este asturiano que ha empezado a trabajar en esta tienda y que mira todo con esos ojos tan abiertos?”. Aludió a los numerosos premios literarios con los que había sido laureado    –lo cual acrecentó mi curiosidad, principalmente porque el autor no excedía de los treinta años–. Y entonces, pasó ya a hablar de la obra, en la que observó momentos “llenos de monotonía, de cafés y, sobre todo, de amor”, donde alternan “poemas desengañados con algunos micropoemas sorprendentes”.

 
            Posteriormente el turno de palabra recayó en el autor: “Para mí es una gran alegría que haya salido esto adelante”. Y, entonces, para corresponder los elogios expresados por sus presentadores, decidió leer un texto de cada uno, a saber, “Mentiras de agenda”, perteneciente al poemario Ana Frank no puede ver la luna de Pablo Méndez, y “El lenguaje de los pájaros”, incluido en Blues y otros cuentos de Iñaki Echarte Vidarte, concluyendo: “quería hacer un mínimo homenaje a ambos por su apoyo”. Y cuando ya le tocaba comentar su libro, advirtió que “hay varios tipos de presentaciones”: aquella en la que el autor con sus simpáticos comentarios se mete al público en el bolsillo; aquella en la que se hace un análisis detallado de las partes en las que se estructura la obra, y aquella en la que se desvela la idea o el hecho que originó cada uno de los poemas. Y entonces añadió: “lo último no voy a hacerlo, y para las otras dos formas no estoy preparado”, lo que arrancó numerosas sonrisas por lo inesperado del comentario. Él prefería leer sus poemas simplemente para que fueran escuchados. Así recitó “Memorias del tiempo presente”, “Lástima”, “A un padre imaginado”, “Poética”, “El trapecista”, “El origen de toda monotonía” “Conclusión para toda monotonía”, y el poema más breve, con el que concluye la obra, sin título. Por aclamación agregó dos más a esta lista: “Desde tu torre”, el único soneto del poemario, y “Hechos”. Y así terminó el acto con la misma sencillez con la que empezó.
            Entre los asistentes se encontraban compañeros de La Casa del Libro y la poeta, paisana de Villazón, Herme García Donis.
            Cuando por fin me fui con mi ejemplar de Otra maldita tarde de domingo y empecé mi particular andadura por sus páginas, mientras el metro avanzaba hacia mi destino –que no estaba precisamente próximo–, sentí que esos poemas me atrapaban, por su naturalidad, su temática tan cercana, por la sorna existente, esperable en estos tiempos donde los que deberían estar velando por el bienestar comunitario parecen creer tomarnos el pelo…
             Llegué a mi parada a la velocidad del rayo y me pregunté si esta vez el tren habría atravesado un túnel del tiempo. Sin embargo, mi reloj contradijo esta hipótesis. Miré de nuevo la portada del libro que llevaba en la mano… Otra maldita tarde de domingo… Pensé, sin duda esta no ha sido otra tarde de viernes, esta ha tenido alma y cuerpo. Pronto acudiré a alguna librería en busca de alguna obra más de este autor y, quién sabe, quizás sea el mismo Villazón quién allí me la proporcione.
            Para que entendáis mi entusiasmo, os dejo este poema tan humano, que tan bien expresa el sentimiento filial y la importancia en nuestras vidas de tener un padre o no tenerlo.

 


A un padre imaginado

 

Cuando olvides un nuevo hijo –y lo harás
piensa que has sido malcriado y detente,
averigua de dónde llega
esa sonrisa que ahora cultivas.
Mantén la templanza en sus primeros años
pues será nuevo y será eterno
mientras dormite entre sueldos y fábricas
de ensueños ve tejiendo, discretamente,
una farsa más, como si nunca hubieras estado ahí,
como si el chico no te conociera.
Desaparece, como si un mago se posara
en el camino de un nuevo comienzo
de la primavera. Y mantén el pulso,
jamás guardes rencor a quien por ti
fiará toda calumnia en tu espejo.
Y aprende de él –cada día sucede
algo repetido que no regresará, y
sincérate, aunque sólo sea por compasión,
muéstrale apoyo y bondad en sus actos.

Crecerá, por lo tanto,
vuelves a desaparecer, que continúe,
y así ignora este camino que te espera
hasta el día en que llegue su poema
a tus manos: es el momento,
ese es tu gran logro: el chico
aprende. Lástima
que yo no te conozca, padre
que no has rodeado mis instintos,
ficción de un lugar que ya ha sido ocupado.
Escucha: no guardo rencor,
guárdamelo tú a mí,
pues este verso no va dirigido
al padre que este hijo hubo de tener
sino a aquel que seré por mi naturaleza
perdida y obligada, sin tu ayuda.
No martirices más a mi conciencia
y sigamos nuestro camino.

Discretamente tuyo
para el olvido.

            Tu hijo imaginado.



                                                                                                                         Helena Suárez